Cuando se vive muchos años fuera de la tierra, uno pierde el idioma, olvida a los amigos, adopta nuevas costumbres, pero nunca abandona las especias que sazonaron los alimentos de su niñez, ya que el Dios verdadero cabalga sobre la pimienta, el estragón o el comino. No digas que has perdido la fe mientras no te haya dejado el sentido del gusto. De pronto descubres tu propia historia en un sabor a guindilla o en una sopa de ajo. Cuando seas mayor, un día en que estés desprevenido, después de tanto tiempo, tomarás un potaje y por un instante todo volverá a comenzar. A la primera cucharada te verás de niño entrando por la puerta del jardín y el fondo de tu memoria se iluminará con la sonrisa de tu madre, el sentido de la culpa volverá a cubrir tu cerviz con tallos de espinacas y te sentirás cobijado. Otra cucharada, y tu alma ya estará salvada. A mí me ha pasado muchas veces.
Cocinero: Manuel Vicent (Comer y beber a mi manera. Alfaguara, Madrid 2006)
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Comer y beber a mi manera
junio 13, 2008 by admin
Category Libros | Tags: comida,comino,estragón,infancia,pimienta,Vicent | No Comments
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El Decamerón
junio 12, 2008 by admin
Puso oído Calandrino a aquellos discursos, y, pareciéndole que no eran secretos, tras un tiempo levantose y se unió a los platicantes. Mucho agradó ello a Maso. Siguió éste sus palabras y Calandrino le preguntó dónde se encontraban piedras de tan rara virtud. Masó repuso que la mayoría procedían de Berlinzón, en la tierra de los vascos, en un país llamado Bengodi, lugar en que se atan las cepas con salchichas y donde por dinero se compra una cosa y, de añadidura, un pato. Y hay allí una montaña de queso parmesano rallado, en la cual sólo hay gentes ocupadas en hacer macarrones y pastas, para cocerlos en caldo de capones. Y luego lo echaban todo abajo, y quien más cogía más tenía. Corría al lado un arroyo de vino pardillo, del mejor que se bebe, sin tener dentro una gota de agua.
¡Oh -dijo Calandrino-, buen país es ese! Pero dime ¿Qué se hace con los capones que esa gente cuece?
-Los vascos se los comen.
Cocinero: Giovanni Bocaccio (El Decamerón, Plaza y Janés, Barcelona, 1973)Category Libros | Tags: Bocaccio,capones,Decamerón,parmesano,salchichas | No Comments
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La Ilíada
junio 11, 2008 by admin
Y al instante, el velocísimo Aquiles les tendió la mano, diciendo:
-¡Bienvenidos, amigos míos! Muy grande tiene que ser el apuro en el que se ven los griegos cuando se os envía a vosotros, los más ilustres de ellos, y los más dilectos de mi corazón, a pesar de mi enojo.
Hablando así, los invitó a sentarse en escabeles cubiertos de telas purpúreas y prosiguió, dirigiéndose a Patroclo:
-Hijo de Menetio, toma la más grande de las crateras, llénala del vino más añejo y escáncialo en las copas, porque están bajo mi techo los griegos a quienes yo más quiero.
Patroclo obedeció las palabras del entrañable camarada, acercando luego un tajón al fuego después de haber colocado en él los lomos de una oveja y una cabra y la ancha espalda de un suculento jabalí; Automedonte sujetaba la carne y Aquiles la clavó en asadores después de cortarla y hacer las partes, mientras que el hijo de Menecio avivaba un formidable fuego. Y cuando estuvo la leña bien quemada y extinguida la llama, extendió las brasas, puso encima los asadores, bien sujetos con piedras, y sazonó la carne con la divina sal. Patroclo repartió pan en preciosas canastillas cuando la carne estuvo bien asada y servida en la mesa, y Aquiles fue dando su parte a cada uno, sentado frente al divino Ulises, de espalda a la pared, ordenando a su amigo que hiciese la ofrenda a los dioses. Patroclo arrojó las primicias al fuego y cada cual comió parte de los manjares que había dispuestos para él, y cuando todos habían satisfecho el deseo de comer y de beber, Áyax hizo un gesto a Fénix, que enseguida entendió Ulises, llenó éste su copa y exclamó, brindándosela a Aquiles:
- ¡Salve, Aquiles! Muchas gracias por la acogida con que nos has honrado
Cocinero: Homero (La Ilíada. Biblioteca Edaf. Madrid 2004)Category Libros | Tags: comida,Homero,Iliada,Ulises | No Comments
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Veinte mil leguas de viaje submarino
junio 8, 2008 by admin
Miré al capitan Nemo con un cierto asombro y le dije:
-Comprendo perfectamente que sus redes suministren excelentes pescados a su mesa; me es más difícil comprender que pueda cazar en sus bosques submarinos; pero lo que no puedo comprender en absoluto es que un trozo de carne, por pequeño que sea, pueda figurar en su minuta.
-Nunca usamos aquí la carne de los animales terrestres- respondió el capitán Nemo.
-¿Y eso? -pregunté-, mostrando un plato en el que había aún algunos trozos de filete.
-Eso que cree usted ser carne no es otra cosa que filetes de tortuga de mar. He aquí igualmente unos hígados de delfín que podría usted tomar por un guisado de cerdo. Mi cocinero es muy hábil en la preparación de los platos y en la conservación de estos variados productos del océano. Pruébelos todos. He aquí una conserva de holoturias que un malayo declararía sin rival en el mundo; he aquí una crema hecha con leche de cetáceo; y azúcar elaborada a partir de los grandes fucos del mar del Norte. Y por último, permítame ofrecerle esta confitura de anémonas que vale tanto como la de los más sabrosos frutos.
Probé de todo, más por curiosidad que por gula, mientras el capitán Nemo me encantaba con sus inverosímiles relatos.
Cocinero: Julio Verne (Veinte mil leguas de viaje submarino, Alianza Editorial, Madrid, 1987)Category Libros | Tags: Julio,submarino,Verne,viaje | No Comments
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La taberna errante
by admin
“-Lord Ivywood –continuó Dalroy poniendo el barrilillo sobre la mesa- desea que beba usted un vaso de vino a su salud, o mejor dicho, un vaso de ron. Por Dios, no vaya a dar crédito a todas las habladurías que nos pintan a lord Ivywood como un enemigo de la bebida. No le digo más que en la cocina le llamamos Tres Botellas Ivywood. Pero, ah, es preciso que se trate de ron; no le dé otra cosa a los Ivywood. “El vino puede convertirnos en bufones”, nos decía hace pocos días… Y con una elocuencia tan feliz que parecía extraordinaria incluso en boca de su señoría. Yo estaba en el rellano de la escalera y dejé de fregar los escalones para escucharle…”¡El vino –iba diciendo-, puede extraviarnos, las bebidas fuertes pueden conducirnos al furor, pero en ningún libro sagrado hallaréis la menor censura contra el dulce licor que adoran cuantos desafían los peligros del mar! ¡No, ninguna lengua de sacerdote ni de profeta se ha movido jamás para romper el sacro silencio de las Sagradas Escrituras respecto al ron!” Y me explicó entonces –continuó Dalroy mientras hacía señas a Pump para que pusiese en práctica su arte de abrir barriles-, me explicó entonces que el gran secreto para evitar las enojosas consecuencias que puede experimentar un bebedor novato después de ingerir una o dos botellas de ron consiste en comer queso y, especialmente, queso de esta clase que tengo aquí y de cuyo nombre no me acuerdo en este momento.
-Cheddar –dijo Pump con gravedad, procediendo a ejecutar la orden.
-Pero ¡cuidadito! –prosiguió el capitán con una expresión casi feroz y agitando un índice enorme junto a las narices del viejo-, ¡cuidadito!, ¡ni una miga de pan! ¡Nada de pan con queso! ¡Las espantosas ruinas que han devastado tantos hogares en este país, prósperos en otra época, son debidas a la funesta manía de comer pan con cheddar!”
Cocinero: G. K. Chesterton (La Taberna Errante, Acuarela Libros, Madrid, 2004)Category Libros | Tags: cheddar,Chesterton,errante,Taberna | No Comments
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Magallanes
by admin
En el principio eran las especias… Desde que los romanos, a través de sus viajes y sus campañas, empezaron a hallar gusto en los ingredientes estimulantes, calmantes o embriagadores de Oriente, las tierras occidentales no han podido prescindir de la especiería, de las drogas índicas, tanto en la cocina como en la bodega. Hasta muy entrada la Edad Media, la alimentación nórdica resultaba sosa hasta lo inconcebible, y aun las hortalizas hoy día más comunes, como las patatas, el maíz y los tomates tardarían todavía mucho en adquirir carta de naturaleza en Europa; el limón como acidulante y el azúcar como edulcorante eran todavía una vaguedad, y los sabrosos tónicos, el café y el té, no se habían descubierto aún. Hasta entre los príncipes y la gente distinguida, la burda voracidad era el desquite de la monotonía sin espiritualidad de las comidas. Y apareció el prodigio: un solo grano de un condimento índico, un poco de pimienta, una flor seca de moscada, una punta de cuchillo de jengibre o de canela mezclados en la más grosera de las viandas, bastaban para que el paladar, halagado, experimentase un raro y grato estímulo. Entre el tono mayor y menor de lo ácido y de lo dulce, de lo cargado y de lo insulso, aparecieron de pronto una serie de ricos tonos y semitonos: los nervios del gusto, todavía bárbaros, de la sociedad medieval nunca se satisfacían bastante con los estimulantes nuevos: un plato no estaba en su punto si no lo cargaban de pimienta; llegaban a echar jengibre a la cerveza y reforzaban el vino con especies molidas, hasta que cada sorbo quemase la garganta como la pólvora.
Cocinero: Stefan Zweig (Magallanes, DeBolsillo, Barcelona, Marzo 2006)Category Libros | Tags: Especias,Magallanes,pimienta,Stefan,Zweig | No Comments
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La excursión a Tindari
by admin
“En cuanto abrió el frigorífico, la vió. ¡Caponatina! Una abundante ración para, por lo menos, cuatro personas de aquella exquisita y vistosa mezcla de berenjenas fritas, con apio, alcaparras, aceitunas, cebollas y anchoas, tomate triturado y nueces, llenando un plato hondo hasta el tope. Hacía meses que su asistenta, Adelina, no se la preparaba. El pan, comprado por la mañana, se conservaba todavía muy tierno en la bolsa de plástico. De una forma natural y espontánea, la boca se le llenó con las notas de la marcha triunfal de Aida. Mientras la canturreaba, abrió la cristalera tras haber encendido la luz de la galería. Sí, la noche era un poco fresca, pero le permitía comer fuera. Puso la mesa, sacó el plato, el vino, el pan y se sentó. Sonó el teléfono. (…)”
Cocinero: Andrea Camilleri (La excursión a Tindari, Ed. Salamandra, Barcelona, 2000)Category Libros | Tags: berenjenas,Camilleri,caponatina,excursión,Tindari | No Comments
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Los señores del horizonte
by admin
En 1862, el emperador francés Napoleón III y la emperatriz, Eugenia, pasaron una semana en Estambul como invitados del sultán. A la emperatriz le pareció tan deliciosa una mezcla de puré de calabacín y cordero con la que la obsequió el sultán que solicitó permiso para enviar a su propio cocinero a las cocinas de palacio a estudiar la receta; la petición fue concedida graciosamente por su anfitrión y el cocinero partió puntualmente con sus balanzas y sus cuadernos. Pero el cocinero del sultán le echó de su cocina bramando: “Un cocinero imperial cocina con sus sentimientos, con sus ojos y con su nariz”.El plato pasó a la historia culinaria turca con el nombre de hunkarbegendi, o “la delicia de la Emperatriz”, pero Eugenia nunca consiguió la receta.
Cocinero: Jasón Goodwin (Los señores del horizonte, Alianza Ensayo, Madrid, 2004)Category Libros | Tags: calabacín,cocina,delicia,emperatriz,otomanos | No Comments
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El castellano viejo
by admin
“¿Hay nada más ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más crasa ignorancia de los usos sociales?, ¿qué para obsequiarle le obligan a usted a comer y beber por fuerza, y no le dejan medio de hacer su gusto? ¿Por qué habrá gentes que sólo quieren comer con alguna más limpieza los días de días?
A todo esto, el niño que a mi izquierda tenía hacía saltar las aceitunas a un plato de magras con tomate, y una vino a parar a uno de mis ojos, que no volvió a ver claro en todo el día; y el señor gordo de mi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, al lado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que había roído; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se había encargado de hacer la autopsia de un capón, o sea, gallo, que esto nunca se supo; fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por los ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron las coyunturas. –Este capón no tiene coyunturas, exclamaba el infeliz sudando y forcejando, más como quien cava que como quien trincha. ¡Cosa rara! En una de las embestidas resbaló el tenedor sobre el animal como si tuviera escama, y el capón, violentamente despedido, pareció querer tomar su vuelo como en sus tiempos más felices, y se posó en el mantel tranquilamente, como pudiera en un palo de un gallinero.
El susto fue general y la alarma llegó a su colmo cuando un surtidor de caldo, impulsado por el animal furioso, saltó a inundar mi limpísima camisa: levántase rápidamente a este punto el trinchador con ánimo de cazar el ave prófuga, y al precipitarse sobre ella, una botella que tiene a su derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando su posición perpendicular, derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre el capón y el mantel; para salvar la mesa se ingiere por debajo de él una servilleta, y una eminencia se levanta sobre el teatro de tantas ruinas. Una criada toda azorada retira el capón en el plato de su salsa; al pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica de grasa desciende, como el rocío sobre los prados, a dejar eternas huellas sobre mi pantalón color perla; la angustia y el aturdimiento de la criada no conocen término; retírase atolondrada sin acertar con las excusas; al volverse tropieza con el criado que traía una docena de platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo y confusión”.
Cocinero: Mariano José de Larra (Artículos de costumbres, Espasa Calpe, Madrid, 1975)Category Libros | Tags: Castellano,cocina,costumbres,Larra,viejo | No Comments
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El primo Basilio
junio 6, 2008 by admin
-¿Y a qué hora mañana?
-A la una.
-¿Sin falta?
-Sin falta.
Al día siguiente fueron puntuales. Basilio la esperó en la escalera y apenas se vieron, se comieron a besos.
-¿Qué me has dado? Desde ayer estoy loco.
Luisa estaba preocupada con un cesto que vió encima de la cama.
-¿Qué es aquello?
Basilio sonrió, la llevó junto a la cama y descubrió gravemente el cesto.
-¡Provisiones, un festín! No dirás luego que tienes hambre.
>Era un lunch. Había sandwichs, un paté de foiegras, una botella de champagne y hielo envuelto en un trapo de lana.
-¡Magnífico!, dijo Luisa roja de placer.
-Lo que pude arreglar, para que veas que pienso en tí.
Puso el cesto en el suelo y la miró con los brazos abiertos.
-Y tú… ¿te has acordado de mí?
Por ella respondieron sus ojos y la presión de sus brazos.
A las tres merendaron, extendiendo una servilleta sobre la cama; la loza tenía la marca del Hotel Central; aquello le pareció a Luisa adorable y reía sensualmente, haciendo sonar el hielo dentro de la cola de champagne llena. Desbordábase la dicha en gritos, en besos, en toda clase de ruidos deliciosos.Cocinero: Eça de Queiroz (El Primo Basilio, Ed. Bruguera, Barcelona, 1983)
Category Libros | Tags: Basilio,primo,Queiroz | No Comments
