Los Pazos de Ulloa

“En suma, allí se juntaba lo más granado de la comarca, faltando tan solo el marqués de Ulloa, que vendría de fijo a los postres. La monumental sopa de pan, rehogada en grasa, con chorizo, garbanzos y huevos cocidos cortados en ruedas, circulaba ya en gigantescos tarterones, y se comía en silencio, jugando bien las quijadas. De cuando en cuando se atrevía algún cura a soltar frases de encomio a la habilidad de la guisandera; y el anfitrión observando con disimulo quienes de los convidados andaban remisos en mascar, los instaba a que se animasen, afirmando que era preciso aprovecharse de la sopa y del cocido pues apenas había otra cosa. Creyéndolo así Julián, y no pareciéndole cortés desairar a su huésped, cargó la mano en la sopa y el cocido. Grande fue su terror cuando empezó a desfilar interminable serie de platos, los veintiséis tradicionales en la comida del patrón de Naya, no la más abundante que se servía en el arciprestazgo, pues Loiro se le aventajaba mucho.

Para llegar al número prefijado, no había recurrido la guisandera a los artificios con que la cocina francesa disfraza los manjares, bautizándolos con nombres nuevos o adornádolos con arambeles y engañifas. No, señor; en aquellas regiones vírgenes no se conocía, ¡loado sea Dios!, ninguna salsa o pebre de origen gabacho, y todo era neto, varonil y clásico, como la olla. ¿Veintiséis platos? Pronto se hace la lista: pollos asados, fritos, en pepitoria, estofados, con guisantes, con cebollas, con patatas y con huevos; aplíquese el mismo sistema a la carne, al puerco, al pescado y al cabrito. Así, sin calentarse los cascos, presenta cualquiera veintiséis variados manjares”.
Cocinera: Dña. Emilia Pardo Bazán

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